Por favor, pirateen mis canciones ..

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Por favor, pirateen mis canciones ..

Mensaje por J el Mar Dic 23, 2008 3:20 am

Artículo extraido de www.escolar.net
17/01/2001

Soy un músico con suerte. Mi grupo ha vendido, por los pelos, más de 10.000 copias de su primer LP. En un mundo en el que Enrique Iglesias coloca seis millones de CDs cantando así, esta modesta cifra tampoco es para tirar cohetes. Pero si me aplicase tanto como futbolista, jugaría en primera división y, si me dedicase a la medicina con tanto éxito, sería neurocirujano. Durante un par de semanas del mes de abril de 2000, uno de nuestros singles se coló en el número diecisiete de las listas de ventas en España; el número tres, si se contaba únicamente a los artistas nacionales. Cada año salen 32.000 discos nuevos al mercado en todo el mundo y sólo 250 convencen a más de 10.000 compradores. Apenas el 0,7% de los músicos que han presentado disco el año pasado (la gran mayoría no llega siquiera a grabar) es más afortunado que yo.

Se pensarán que nado en dinero. O que, por lo menos, vivo dignamente de mis habilidades musicales. ¿Cuánto cobra el 0,7% con más suerte de su profesión? No les aburriré con cifras pero, tras tres años de esfuerzos hasta conseguir ver mi LP en las tiendas, sólo he ganado poco más de medio millón de pesetas (unos 2.800 US$) por venta de discos y derechos de autor. Apenas 14.000 pesetas al mes es lo que me ha rentado mi afortunada carrera musical. Mi parte alícuota del local de ensayo -la garantía de que mis vecinos no me echarán de casa por ruidoso- me sale por seis mil pesetas al mes. Estas navidades quemé la mitad de mis beneficios en un teclado nuevo, un capricho. Si tuviera un gerente con facultad para vetar mis presupuestos, seguiría tocando con el casiotone que me regalaron los Reyes Magos en 1986.

No culpo a la piratería de mi bancarrota. No a la de "sexo, drogas y rock and roll" que aparece en el anuncio de pésimo gusto con el que la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) intentó concienciar a los melómanos de la necesidad de pasar por su caja. Como la gran mayoría de los chiflados que malgastamos nuestro tiempo en locales de ensayo y nuestro dinero en instrumentos y amplificadores, prefiero la satisfacción personal de saber que alguien se molesta en escuchar mi música a las treinta pesetas que me tocan por cada copia vendida (la cuarta parte si el disco está de oferta o es comprado durante una campaña de televisión).

Si mi gerente, ese imaginario del que les hablaba antes, fuese listo, estaría de acuerdo conmigo. Por cada concierto que doy, gano, dependiendo del aforo y la generosidad del promotor, entre 15.000 y 60.000 pesetas limpias. Prometo que si acuden a alguno de ellos, no les pediré una fotocopia del código de barras del CD para entrar. Como todos los músicos que hayan hecho las cuentas, sé que son más rentables 100.000 fans piratas que llenen mis conciertos a 10.000 originales.

El mp3, Napster o Gnutella tampoco van a acabar con la música. Ni con la mía ni con la de nadie. Les aseguro que, afortunadamente, puedo prescindir de las 14.000 pesetas mensuales que generan mis derechos de autor y mis royalties. A Metallica, y a cualquier grupo superventas, la regla, aunque sus cifras sean mayores, le vale igual. Dan mucho más dinero los conciertos, las camisetas y los anuncios que un grupo de su fama puede grabar, que el royalty (entre el 8 y el 15% del precio de venta a mayorista) que pagan las multinacionales por disco vendido. Es cierto que las compañías discográficas costean la grabación y la promoción de los músicos, pero ¿conocen algún otro negocio en el que el reparto entre los que aportan la idea y la mano de obra y los que ponen el dinero sea tan desigual? Les confieso que no entiendo las razones que movieron a Metallica y compañía a poner la cara por sus patrones. Todo, para que sus fans se la partan, pacte Dios con el Demonio y Napster pase de pirata a corsario. A mí se me habría puesto cara de tonto.

La distribución gratuita de las canciones por Internet no terminará con la creación musical, pero espero que sí lo haga con los abusivos tratos que impone la industria discográfica. Y eso que los 'juntanotas', con el tiempo, hemos mejorado bastante. Si los pobres músicos de blues de los años cuarenta -esos a los que el sello RCA (hoy, propiedad de Bertelsmann, el socio de Napster) pagaba seis dólares y una botella de bourbon por grabar sus canciones- oyesen los lamentos del batería de Metallica, Lars Ulrich...

No puedo alegar que no sabía dónde me metía cuando hace un año y medio firmé mi contrato con Universal Music. En aquella reunión, un alto directivo de la compañía me resumió en una sola frase los nueve folios del acuerdo: "Las discográficas somos un mal necesario". No lo voy a negar. Sin ellas, mi grupo jamás habría vendido 10.000 discos. Aunque estoy seguro de que sí hubiese podido regalarlos.

Nacho Escolar
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Re: Por favor, pirateen mis canciones ..

Mensaje por J el Mar Dic 23, 2008 3:59 am

Cuando le preguntas a un músico por qué compone, por qué toca, la respuesta depende de dos factores: la cantidad de alcohol que lleve en la sangre y lo ingenuo que sea el artista. A primera hora de la tarde suelen contestar que es por comunicar algo, por la necesidad de crear. Tras dos cervezas reconocen que la música es dura, pero que más duro tiene que ser trabajar. Un copazo después admiten que con la música se liga más y a partir de las tres de la mañana suelen confesar que están en esto porque el alcohol te sale gratis. Si el músico en cuestión es un ingenuo, responderá que hace música para forrarse. Y si no es ni borracho ni ingenuo, es que no es músico.

Bromas aparte, la razón por la que yo, como muchos otros músicos, uso una licencia Creative Commons es porque el copyleft es hoy la mejor opción sea cual sea tu grado de ingenuidad, de ambición y de alcohol en sangre. Es más fácil comunicar algo si tu público no tiene que pagar por conocerte y no disminuye tus posibilidades de forrarte, aunque sigan siendo igual de escasas. No está probado que se ligue más gracias a ellas, pero nadie ha demostrado tampoco lo contrario. Y si el propietario del garito en el que tocas no tiene que pagar dos veces por tu actuación -una a ti, otra a la SGAE- es probable que te invite a más cervezas.

La definición más corta de estas licencias es que son la gama de grises entre el blanco del todo gratis y el negro de todos los derechos reservados. Tienen muchos más usos, pero, en el caso de la música, permiten compartir algunos de tus derechos como autor, renunciar a parte de tus ingresos, a cambio de otros beneficios indirectos. Es invertir para ganar más. Pero no es un modelo de negocio utópico. En realidad, todos los músicos del planeta son ya copyleft, aunque la única diferencia es que la mayoría renuncia a sus ingresos a favor de las discográficas en lugar de invertirlos en ganar más público.

Yo he pasado por el copyright, por la industria tradicional y por las multinacionales discográficas. En aquel momento parecía una buena idea. Cuando firmé mi primer contrato, con BMG Ariola en 1998, renuncie a la mayor parte del negocio que se montó alrededor de mis discos. De cada CD vendido, sólo cobraba un 8% del precio de venta a mayorista, la cuarta parte si el disco estaba de oferta o era comprado durante una campaña de televisión. En cuanto a los derechos de autor, de lo que recauda la Sociedad General de Autores y Editores a bares, radios y compradores de CDs vírgenes, muy poco es lo que llega al final a los propios músicos. Para empezar, está el 15% aproximadamente de intermediación que cobra la SGAE, a la que ahora además se suma un 0,51% que se destina a hacer lobby político para “combatir la piratería”. Después, de lo que queda, alrededor del 50% se lo lleva la editorial, que es otro intermediario más que suele ser tu propia discográfica y que, en teoría, te cobra por promocionarte. Al final, cuando dejas de ser un ingenuo que aspira a forrarse con la venta de discos, descubres que el negocio de los músicos está en los conciertos y no en los derechos de autor o de copia. En mi caso, nueve de cada diez euros de mis ingresos musicales venían de las actuaciones en directo. Aunque las cantidades cambien, la proporción suele ser siempre la misma para la mayoría de los músicos.

El único problema es que no se consiguen conciertos si nadie te conoce, si nadie te escucha. Para eso estaban las discográficas. BMG Ariola, y después Universal Music, me aportaban tres cosas a cambio de quedarse con el negocio de mis discos. Me daban dinero para grabar el master del CD, para pagar el estudio, que era algo muy caro. Una producción normal de un LP, hace diez años, no bajaba de los 5 millones de las pesetas de entonces. También se ocupaban de fabricar ese CD de forma industrial y ponerlo en las tiendas. Y, por último, eran los que engrasaban los engranajes necesarios para que mi disco sonase en las radios y la gente se enterase de que existía.

Sin embargo, hoy la tecnología ha democratizado todo este proceso. En la era digital, el coste de la copia vale cero. La distribución de un MP3 es gratis por Internet y el estudio de grabación ya no es imprescindible, pues un PC doméstico sirve. La promoción tampoco es tan cara como antes: Internet está acabando con la dictadura de los intermediarios culturales y cada vez vale más el boca a oreja de la Red que la bendición del crítico musical que esté de moda. Antes sólo se podía triunfar pagando a las radiofórmulas. Pero ahora no es la única manera de darse a conocer.

Las discográficas no se han dado cuenta de que la piratería no es el problema, es el síntoma de un problema mayor: la tecnología. A los músicos nos sale más rentable regalar nuestra obra al público y nuestro negocio, hoy como ayer, es la música, no los discos.

Pero las ventajas de las licencias Creative Commons para la música no son sólo económicas. Detrás hay una utopía posible: un mundo mejor donde la cultura está al alcance de todos, donde la música enlatada es gratis para el público, que paga con su atención, donde los músicos pueden vivir de su trabajo.

También hay una gran razón artística: esa cosa de comunicar y de la necesidad de crear que decimos los músicos cuando nos podemos pedantes y no estamos borrachos. El arte es la manera que tenemos algunos de buscar la inmortalidad. Los músicos, los creadores, soñamos con que nuestra obra sobreviva a nuestra muerte. Pero para que el arte siga vivo, debe ser usado, manipulado. Para que una idea perdure, tiene que crecer y multiplicarse. Tiene que copiarse. Por favor, pirateen mis canciones.
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Re: Por favor, pirateen mis canciones ..

Mensaje por J el Mar Dic 23, 2008 4:05 am

“Los músicos y cantantes daremos el primer paso renunciando a cobrar por tocar y cantar”, dice el artista en su primer malabarismo. Pero nadie pide que los músicos se mueran de hambre o que la creación sea un trabajo sin recompensa. Lo que se discute hoy es cómo debería ser ese sistema de recompensas en un mundo digital donde la copia cuesta cero.

Sisa, como todos los músicos, sabe bien que ya hoy la principal fuente de ingresos son los conciertos, no lo derechos por copia. Los grandes perjudicados por la piratería son los sellos discográficos y demás intermediarios en el negocio musical, que ven su negocio desaparecer del mismo modo en que murieron los trenes de vapor o las carretas de caballos. Cuando nació el disco, miles de músicos se fueron al paro, pues ya no era necesario pagarles el sueldo para dar ambiente a un local. Bastaba una gramola. La tecnología se lo dio, la tecnología se lo quitó.

Si se coloca como víctima a los músicos –cuando hoy los grandes perjudicados son las discográficas– se cae en la misma demagogia que supondría argumentar que los pobres trabajadores del BSCH son los mayores afectados con el proceso judicial a su presidente, Emilio Botín. Cuando se pide que se limite la tecnología para proteger a los viejos intereses, la antigua forma de hacer dinero, los argumentos no son muy distintos a los que daría Kodak si en su mano estuviese prohibir las cámaras digitales.

Sí, queremos música gratis. O, al menos, muchísimo más barata. Pero gratis no significa que los que la produzcan no puedan vivir de su trabajo. La tele es gratis y cientos de personas viven de ella. Hasta negocios en los que cada copia y su distribución cuestan, como la prensa en papel, ya pueden ser gratis para los consumidores.

Muchos músicos deberían dedicar los esfuerzos que hoy emplean en quejarse de la piratería en buscar la manera de cabalgar estar nueva ola tecnología. Son ellos, y no las discográficas, los que tienen todo por ganar en un nuevo mundo donde el planeta puede escucharte sin que el negocio del espectáculo te bendiga. Hoy, si no eres uno de esos músicos retirados que viven de las viejas rentas sin trabajar, sin tocar en directo, es más rentable que te pirateen. Es más rentable regalar tus canciones y llenar tus conciertos que pedir al público que te pague por escuchar tus discos, por prestarte atención.

¿Por qué no puede ser la música gratis? La mía, como la de muchos otros artistas, ya lo es. Somos idealistas, pues soñamos con un mundo donde la Biblioteca de Alejandría esté en cada casa y el acceso a la cultura y la educación sean universales. Creemos que ése sería un mundo mucho mejor. Pero no somos utópicos, no tan utópicos.
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